• Juan Pablo Lopez García

Roma o muerte...

Roma es una ciudad increíble, el paraíso para un arqueólogo, dicen. Y en cierto modo es verdad. Ruinas y más ruinas. Aun pasando cien veces por una misma calle, siempre hay algún detalle que se te escapa. Una inscripción entre el revoco de una fachada, el dintel de una puerta, una fusta reaprovechada, un portón que se abre y deja entrever un mundo increíble....

Con todo, mi vida allí no fue sencilla. Llegué a la ciudad eterna con mi compañera María. La crisis nos había echado de España. María perdió su trabajo como docente y yo el mío como arqueólogo de Diputación. "Reset", "aventuras"... María consiguió trabajo en "la Ryanair" con base en Ciampino (Roma), yo me fui sin nada.

En una primera etapa, mi yo romano, pasaba las horas y los días entre paseos por el Valle de la Caffarella y la Escuela Española de Historia y Arqueología en Roma... Realmente no estaba mal. En la Escuela seguía con mis investigaciones arqueológicas sobre la Edad del Hierro de la Península Ibérica. Conocí compañeros geniales como Javier, Roger, Carla, Pablo... En La Caffarella..., magia. Es un parque natural que linda con la vía Appia Antica y que está plagado de ruinas de todas las épocas. Puedes caminar por el bosque sagrado y llegar a al Ninfeo Egeria, uno de los sitios más románticos que he visto en mi vida. Villas romanas, columbarios, templos, legionarios, granjas y verde, mucho verde.

Si, mágico, pero claro, ni la Escuela ni el valle me daban de comer. El precio de la vida es realmente elevado. A la "miseria" había que sumarle el caos, la cantidad de horas que pasaba a solas con mi perro, el ser y sentirte extranjero...

En ocasiones te encontrabas con un manípulo legionario haciendo instrucción en la Caffarella

Los nubarrones se empezaron a disipar cuando mi amiga Loreto, preocupada por nuestro bienestar en la ciudad, me contó que ella trabaja como promotora de visitas guiadas al Coliseo, Foro y Palatino romano. Además, me comentó que su jefa, Ivet, necesitaba un ayudante de guía. ¡Bien!, fantástica oportunidad. ¡Menuda oficina!. Me fui a ver a Ivet y me aceptó para hacer las visitas en el Palatino y el Foro.

El trabajo tenía un pequeño handicap. Antes de subir al Palatino había un labor comercial. Hacíamos la calle, literal. ¡Entradas sin colas, sin esperas y con guía! La verdad es que no se me daba mal. Ofrecía a la gente la oportunidad de increparme si la visita no había sido de su agrado. Conmigo terminaban la ruta, y a decir verdad la posibilidad de ponerme como un pingo creo que les molaba.

La parte agradable de todo esto era cuando me llevaba a los grupos a conocer la colina Palatina. Me sentía en mi medio natural, rodeado de ruinas, de historia y leyendas. Por aquel entonces y aun hoy, trabajaba con una filosofía clara. La de no tratar a mis interlocutores como estúpidos. Me dolía en el alma cuando escuchaba a algunos guías adaptando la historia a su imaginación.

En acción. En el Palatino hablando sobre los palacios imperiales.

Repasé la bibliografía de los grandes arqueólogos e historiadores que habían trabajado en la ciudad y elaboré mi propio discurso.

La primera etapa, la que hoy nos ocupa, giraba en torno al mito fundacional de la ciudad. Subíamos a la colina Palatina por la zona del "Aqua Claudia". Gracias a este primer y empinado ascenso, la gente era consciente de que Roma estaba plagada de colinas, que habían subido una de ellas y que deberían dejar de fumar (así se lo hacía saber). En fin.

La cuestión. Ya más calmados, les contaba como los gemelos bien conocidos por casi todos (Rómulo y Remo, por si acaso), habían tenido una madre humana, Rea Silva. Esta era descendiente por vía paterna del mismísimo Eneas y ejercía como virgen vestal en la ciudad de Alba Longa. Las vírgenes vestales debían mantener un período largo de celibato so pena de muerte. Pero claro, los dioses aun siendo dioses no son capaces de retener sus impulsos y Marte fecundó a la buena de Rea. El resultado fue el nacimiento de los gemelos y el riesgo de muerte en manos del rey Numitor, usurpador y asesino de herederos (liquidó a su hermano, el padre de Rea y anterior rey, y a su sobrino, heredero legítimo de la corona). ReaRea Silva metió a los recién nacidos en una cesta y los dejó a merced del Tíber. Este los arrastró hasta la explanada del Circo Máximo, por aquel entonces proclive a las inundaciones. Allí fueron recogidos por su madre animal, Luperca, quien los amamantó hasta que los pastores Fástulo (fauno, protector de los bosques) y Larentia (de los lares, aquellos que velaban el territorio) se hicieron con la custodia definitiva de los bebés ilustres.

Fástulo encuentra a Rómulo y Remo. Ilustración de M. Michel (1900).

¿Hasta dónde quiero llegar?. Fácil, a la relación que pueden tener los mitos, tradiciones y leyendas con la realidad histórica. La arqueología nos dice que desde el S X a. C. se documentan cabañas de uso temporal en la Colina Capitolina, interpretadas como estaciones temporales de pastores que buscaban refugio en altura. Que coincidiendo con la fundación mítica de la ciudad en el S VIII a. C. (753 a. C.) aparecen los primeros edificios públicos en el Palatino, Roma se urbaniza. Se construye una muralla, la Regia y varios templos de época campana. Creo que merece la pena contar cómo los historiadores antiguos dicen que se llegó a este punto, pues el mito también guardaba una enseñanza.


Rómulo y Remo, ya adolescentes, abandonaron la que más tarde sería Roma y regresaron a Alba Longa para vengar la muerte de su abuelo, de su tío y el calvario de su madre. Cumplida su "vendetta", decidieron que era el momento de volver a la tierra que les vio crecer y fundar allí su propia urbe.

Remo creía que el mejor sitio para la nueva ciudad sería la colina Aventina, mientras Remo pensó que la ubicación ideal era la Palatina. Buscaron la razón de los dioses mirando al cielo y estos se manifestaron en favor de Rómulo quien vio seis buitres más que su hermano.

Había que proteger Roma y para ello tenía que marcar el recinto sagrado, el espacio inviolable de la ciudad. Con un buey y un arado, Rómulo trazó el "Sulcus primigenius", el lugar por donde después transcurriría la muralla y el foso defensivo. Remo envidioso de su hermano, se reía de el. -¿Con ese surco pretendes proteger tu ciudad?- y de un salto entró en el recinto sagrado de Roma.

Rómulo no se lo pensó y apuñaló a Remo.

Sí, Roma se fundó con un fratricidio a modo de sacrificio. Un sacrificio no muy al uso pero que guardaba una enseñanza para los ciudadanos de Roma: la ciudad estaba por encima de todo, incluso de los lazos familiares. Simple, era Roma o muerte.


Han pasado cinco años de aquello. Recuerdo mis visitas guiadas con muchísimo cariño. Continuaba por el estadio de la Domus Flavia, los huertos Farnesianos..., hasta desembocar en el foro. En ocasiones quedaba después con mis acompañantes e íbamos a ver otros sitios arqueológicos menos conocidos de la ciudad. Siempre relacionaba el significado de la ruina con los mitos, con la arqueología, los símbolos, el mundo actual y la forja de la identidad. Realmente fue una experiencia enriquecedora y que aun hoy me hace reflexionar sobre el patrimonio histórico y arqueológico.

Roma victoriosa ha conseguido mantener sus mitos durante milenios y la arqueología ha permitido corroborar ciertas relaciones de lo que estos nos cuentan y la "realidad" histórica. Incluso la dramática fundación de la ciudad, nos ayuda a comprender el carácter imperialista de los romanos. En el territorio más próximo, en nuestros paisajes, existen numerosos cuentos y leyendas. Mitos en alto riesgo de desaparición junto con sus paisajes formados por gentes. Es nuestra responsabilidad registrar esas leyendas. Buscar si además de rodear de poesía el territorio, tienen algún tipo de relación con lo que nos dicen la historia y la arqueología, o forjan la identidad de los pueblos de nuestra provincia. Nosotros hemos podido registrar y comprobar como algunos de esos mitos grabados en la memoria colectiva de los serranos se corresponden con episodios históricos reales. Por contra, a día de hoy, la mayoría de los arqueólogos y universidades españolas dejan de lado al paisanaje y lo tratan como entes subalternas incapaces de aportar conocimiento sobre el territorio. Una especie de despotismo ilustrado en el que el discurso histórico, en el mejor de los casos, se hace para el pueblo pero sin el pueblo.


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